Sostener la emergencia también deja huella: estrés postraumático en el personal de salud
- IBIDIL
- 19 jul
- 9 min de lectura

CARACAS, VENEZUELA – Cuando tembló, el 24 de junio, el personal de salud no esperó que nadie le dijera qué hacer. Enfermeras, médicos, técnicos, camilleros, bioanalistas se pusieron a atender heridos donde cayera, con lo que había y muchas veces con casi nada. Sin protocolo para algo así. Y con una carencia de insumos que, en un país donde muchas veces ya falta de todo, en plena emergencia se multiplicó.
En los días siguientes a muchos les tocó volver a la consulta, a la guardia, al laboratorio. Hay que seguir, avanzar. Pero algo no encaja. Culpa, insomnio, imágenes que no te puedes sacar de la cabeza, un ruido que te sobresalta sin motivo. Esto es para ti, para hablar de eso que quedó por dentro y que a lo mejor todavía no sabes cómo nombrar.
Curar no blinda: el estrés postraumático en el personal de salud
Hay una idea muy metida que conviene sacar de una vez: la de que un profesional de salud, por serlo, aguanta mejor el golpe emocional de un desastre. No es así. La bata no protege de eso, y el estrés postraumático en el personal de salud es más común de lo que se cree.
Lo que sí protege es otra cosa, y casi nunca está cuando de verdad hace falta. Los equipos entrenados para desastres llegan sabiendo qué van a encontrar, con relevos, con horas de descanso pautadas, con alguien que los contiene y con los recursos para trabajar. Quien respondió al terremoto vivió lo contrario. Escenas para las que nadie lo preparó, decisiones con material que no alcanzaba, todo improvisado y sin nadie que lo mandara a parar. La falta de preparación y la falta de recursos no van por separado. Caen juntas, sobre la misma persona.
Y los números lo confirman. Después de lo sucedido con las Torres Gemelas, entre casi 29.000 personas que trabajaron en rescate y recuperación, el estrés postraumático golpeó al 6,2% de los policías y al 21,2% de los voluntarios que llegaron por su cuenta [1]. Más del triple. Y los más afectados fueron justo los que menos preparación y respaldo tenían para esa tarea. Entre voluntarios en terremotos, el riesgo estimado sube todavía más, a un rango de 24% a 46%, y los que se sumaron sin ninguna estructura detrás cargaron más síntomas que los que sí la tenían [2].
Y hay una parte de esa preparación que se ve poco y que pesa muchísimo: no es solo llegar entrenado para lo que uno va a ver, es tener detrás toda una estructura que te sostenga mientras trabajas. Un dato lo deja clarísimo. En un análisis de 138 estudios, quienes trabajaron en grandes desastres declarados terminaron con menos estrés postraumático que quienes enfrentan emergencias en su trabajo del día a día [3]. No es que un desastre enorme sea más llevadero. Es que, cuando se declara una emergencia oficial, se activa esa red de relevos, logística y contención que amortigua el golpe sobre cada persona. Cuando esa estructura no llega, o llega tarde y sin insumos, buena parte de ese peso recae directo sobre los hombros de quien está atendiendo.

Atender mientras tú también te estás cayendo
Y hay algo más, muy nuestro, muy de lo que pasó acá. El personal de salud no solo atendió sin recursos. Lo hizo viviendo el mismo terremoto que sus pacientes.
A eso, en los estudios, lo llaman la "víctima oculta" [4]. Es el que atiende una fractura con su propia casa rajada. El que consuela a una familia habiendo perdido a alguien esa misma semana. En una investigación con personal de salud después de un terremoto, el 16,4% terminó con un cuadro psiquiátrico postraumático, y lo que más aparecía era el recuerdo que se mete solo, la escena que vuelve sin que la llames [5].
Y encima hay heridas que son de esta profesión y de nadie más. La de tener que elegir a quién estabilizas primero porque el material solo alcanza para uno. La de saber exactamente qué hacer y no tener con qué. La de seguir de pie, aguantando, mientras por dentro se te junta el duelo. Y algo que casi nadie dice en voz alta: lo que más frena a pedir ayuda no es el qué dirán los colegas, es uno mismo. Ese "yo debería poder con esto" que cerca del 17% del personal de enfermería reconoció como su propio freno en un estudio [6].
Lo de afuera también pesa, para bien o para mal. En trabajadores que se quedaron atendiendo en las comunidades golpeadas, dos cosas subieron mucho el riesgo: sentirse criticados por la propia gente de la comunidad, y trabajar en un sitio donde la comunicación era mala. La crítica más o menos duplicó el riesgo de estrés postraumático, y la mala comunicación lo multiplicó casi por cuatro [7]. Del otro lado de la balanza está lo que ayuda: la resiliencia, esa capacidad de irse recuperando, mostró un efecto protector real contra el estrés postraumático y la depresión en personal que trabajó tras un sismo [8].
Y por dentro, aparte de todo lo que pasa alrededor, hay algo que cala especialmente en el personal de salud: la culpa de sentir que no se hizo suficiente. Que había que moverse más, quedarse más, conseguir más. Que todavía habría que estar haciendo algo. Esa sensación aparece en cualquiera después de un evento así, pero pesa distinto en quien tiene el conocimiento para ayudar a sanar y de repente se topa con un problema más grande que cualquier par de manos.
Ayudar sigue siendo posible, y hace falta. La diferencia está en cómo. Ayudar con conciencia implica reconocer hasta dónde llega cada quien y dónde empieza lo que le toca a otro, elegir dónde se es realmente útil en lugar de intentar cubrirlo todo, y aceptar que hubo cosas que no dependían de nadie en particular. Ayudar con organización implica repartir la carga, coordinarse con quienes están en lo mismo, turnarse, ponerle un marco de tiempo a lo que se hace. Lo que se sostiene en el tiempo suele rendir más que el impulso que se agota en una semana.
Hay algo que se pierde de vista con facilidad cuando el impulso de ayudar es tan fuerte: quien ayuda también es una persona, con sus propias necesidades, su familia, su duelo, su casa que también tembló. Y cada quien tiene además su trabajo y sus responsabilidades esperando, sea una consulta, una guardia, un laboratorio, un turno que cubrir. Del otro lado de esas responsabilidades hay gente que también necesita ayuda: el paciente de la consulta, la muestra que alguien espera para saber qué tiene, el que llega a emergencias mañana. Todo eso convive, y sostenerlo es parte del trabajo. Cuidar la propia capacidad de seguir es lo que permite estar ahí mañana, y pasado, para quien haga falta.

¿Y si no se va? Cuando el estrés postraumático se convierte en trastorno
Hay algo que a un profesional le cuesta ver, porque va en contra de su propio optimismo. Después de algo así, lo esperable es que con los días el malestar vaya cediendo. El insomnio, los sobresaltos, las imágenes: en la mayoría de las personas todo eso se va soltando solo con el tiempo. Eso tiene nombre, es una respuesta de estrés postraumático, y transitar y salir es lo más común. En un seguimiento a más de 55.000 personas que respondieron a un gran terremoto, casi el 55% se fue recuperando por su cuenta [9]. O sea que sí, lo más probable es que mejoren.
La pregunta incómoda es la otra. ¿Y si no cede? Porque el trastorno de estrés postraumático (TEPT), que es cuando esto se queda más de un mes y te empieza a afectar la vida, a veces no aparece de una vez. En ese mismo seguimiento, cerca del 5,7% lo desarrolló tarde, con síntomas que se asomaron seis meses o más después [9][10]. Por eso la clave no es cómo te sientes esta semana. Es prestar atención a si, con el paso de las semanas, en vez de aflojar, la cosa se queda o aprieta.
Ahí es donde no conviene dar el tema por cerrado antes de tiempo.
Qué ayuda de verdad y qué no
Contar lo que viviste puede hacer bien, y a mucha gente le hace falta soltarlo. Eso depende de cada quien y de su momento. El problema aparece cuando la persona se siente empujada a revivir la experiencia con lujo de detalles antes de estar lista, sea porque el entorno la presiona a "hablarlo de una vez" o porque siente que debería. Eso, contar el horror en detalle sin estar preparado, es lo que la evidencia desaconseja, esto lo avala algunos estudios de 11 ensayos controlados, llegando a la conclusión de que no sirvió para prevenir ni tratar el estrés postraumático, sobretodo en las personas que ya estaban en mayor riesgo, asimosmo algunos seguimientos mostraron que quedaron hasta tres veces peor [11] [12]. La diferencia es sencilla: soltar cuando tú necesitas ayuda, y forzar a revivirlo cuando no estás listo puede lastimar.
Lo que sí funciona es más sencillo y más sostenido en el tiempo:
Primeros auxilios psicológicos. Cubrir lo básico, dar información clara, acercar a la persona a su gente y ayudarla a llegar a atención cuando la necesite. Los puede hacer cualquier profesional entrenado [13].
Apoyo entre pares. Que un colega que estuvo ahí sea el que diga "yo también la estoy pasando mal" tumba el estigma mejor que cualquier charla formal. Tener con quién hablar es de lo que más protege, según los estudios [14].
Ir por pasos. Acompañar y observar a la mayoría, y ofrecer terapia psicológica temprana a los que ya tienen síntomas fuertes. La terapia cognitivo-conductual funcionó igual de bien empezándola al mes que a los seis meses [10], y en personal de salud es la que da los cambios más confiables [15].
Buscar más ayuda cuando escala. Psicoterapia enfocada en trauma o tratamiento con medicación si la cosa se instala.
Un cuidado importante. Con el insomnio y la angustia de esos primeros días, es normal pensar que un calmante o una pastilla para dormir es la salida rápida. Pero justo en esa etapa temprana, las benzodiacepinas pueden empeorar las cosas: hay evidencia de que, lejos de calmar, terminan reforzando las reacciones de miedo [10]. Si hace falta medicación, esa decisión la toma un profesional, no conviene recurrir a ella por cuenta propia.
Cuándo dejar de aguantar
Estas son las señales de que ya toca consultar, en ti o en un colega:
Síntomas que siguen ahí después de un mes.
Que te cueste funcionar en el trabajo o en el día a día.
Pensamientos de hacerse daño. Ahí se busca ayuda de inmediato.
Más trago u otras sustancias para poder pasar el día.
Insomnio o pesadillas que te arruinan el descanso.
Pedir ayuda a tiempo cambia el final de la historia. El estrés postraumático se trata, y las terapias enfocadas en trauma funcionan muy bien.

Cuidar al que cuidó
El terremoto duró unos minutos. Lo que dejó en quienes lo sostuvieron todo con las manos casi vacías puede quedarse mucho más, incluso en gente que se pasa la vida cuidando a otros. Reconocer que uno también quedó golpeado no te hace menos profesional. Es parte de serlo bien.
En IBIDIL creemos que el que cura también merece que lo cuiden. Si algo de esto te suena propio, en ti o en alguien de tu equipo, escríbenos. Podemos orientarte sobre acompañamiento y recursos de salud mental pensados para el personal de salud.
Referencias
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Thormar, S. B., Sijbrandij, M., Gersons, B. P., et al. (2016). PTSD symptom trajectories in disaster volunteers: The role of self-efficacy, social acknowledgement, and tasks carried out. Journal of Traumatic Stress, 29(1), 17–25. https://doi.org/10.1002/jts.22073
Arena, A. F., Gregory, M., Collins, D. A. J., et al. (2025). Global PTSD prevalence among active first responders and trends over recent years: A systematic review and meta-analysis. Clinical Psychology Review, 120, 102622. https://doi.org/10.1016/j.cpr.2025.102622
Rodriguez-Arrastia, M., García-Martín, M., Villegas-Aguilar, E., et al. (2022). Emotional and psychological implications for healthcare professionals in disasters or mass casualties: A systematic review. Journal of Nursing Management, 30(1), 298–309. https://doi.org/10.1111/jonm.13474
Ke, Y. T., Chen, H. C., Lin, C. H., et al. (2017). Posttraumatic psychiatric disorders and resilience in healthcare providers following a disastrous earthquake: An interventional study in Taiwan. BioMed Research International, 2017, 2981624. https://doi.org/10.1155/2017/2981624
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